Operadora, ¿puede ayudarme?

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El título de este escrito hace referencia a la repetitiva frase de un juguetito de Anita que simulaba un teléfono: Un grito de socorro de una niña, perdida en un mundo árido de adultos, buscando alguien con quien compartir el juego.

Y tiene este título porque yo, aun con la mente a miles de quilómetros del cuerpo, allí perdida en los atardeceres zapotenses rodeada de magueis y piedras, no he conseguido asentar todo lo vivido este mes de julio; ni aun menos contraponerlo con lo estudiado en la maestría de Mon3 y la Universidad de Barcelona.

Ayer decidimos entre los 4 gachupines que todos pudiéramos hacer una conclusión final de nuestra estancia en México. Al mostrar mi precipitada negativa, hablamos de que no fuera solo texto sino que, aprovechando que he llenado mi diario particular de viaje con dibujos, pudiésemos incluir alguna imagen.
Pero finalmente he decidido también incluir algunas palabras, ya que si dibujase, así de un vistazo, el resultado seguramente sería una hoja en negro.

Durante nuestra estancia en México, Genaro tenía un estilo particular de explicar las cosas: muchas veces lo hacía a través de algún cuento o fabula. Así pues que ahora haré lo mismo, versionaré un cuento de Théodore Kaczynski que muchas veces me vino en mente en el largo mes de julio; aun siendo consciente que nuestra estancia en México fue muy corta para poder valorar con suficientes argumentos cómo potenciar el desarrollo de esas comunidades.

El barco de los locos
Erase una vez un barco dirigido por un capitán y su tripulación, tan vanidosos de sus habilidades para dirigirlo, tan llenos de arrogancia y tan creídamente superiores, que se volvieron locos. Pusieron rumbo al norte, llegando tan lejos que empezaron a encontrarse con icebergs y casquetes polares, pero continuaron navegando siempre hacia el norte, hacia aguas cada vez más y más peligrosas, con el único objetivo de tener la oportunidad de alcanzar hazañas marítimas lo más brillantes posibles.
El barco iba alcanzando latitudes cada vez más elevadas, al tiempo que aumentaban las incomodidades de los pasajeros y la tripulación. Se empezaron a quejar de sus condiciones de vida.
¡Que el diablo me lleve! exclamó alguien de la tripulación, si no es el peor viaje que jamás haya hecho. El puente está cubierto de hielo. Cuando estoy de guardia, el viento atraviesa mi ropa como un cuchillo; cada vez que tengo que izar las velas, por poco me congelo los dedos; y todo para ganar unos miserables 50 pesos diarios!

¡Pues no os quejéis tanto! dijo una pasajera. Yo no puedo pegar ojo en toda la noche por culpa del frío. En este barco, las mujeres no tenemos tantas mantas como los hombres. ¡No es justo!

Un pasajero de Huayacocotla hizo coro: No gano más que la mitad del salario mínimo de un marinero de Distrito Federal. Para sobrellevar este clima extremo, nos hace falta una buena alimentación y no llego al mínimo exigible; los chilangos reciben mayor ración.

Pues yo tengo mayor razón aun para quejarme, dijo un marino de Veracruz. Si los gachupines no hubieran arrebatado la tierra de mis ancestros, jamás me hallaría en este barco, en medio de icebergs y vientos árticos. Estaría navegando simplemente en canoa, atravesando algún apacible lago. Merezco una compensación; y quiero que se respete mi idioma, el nahuat. Que al menos el capitán del barco me deje construir algún comercio para que pueda sacar algo de dinero extra.

No son solo humanas las únicas criaturas que sufren maltrato en este barco, añadió un defensor de los animales entre los pasajeros, su voz temblaba de indignación. "¡La semana pasada vi al tercero de abordo patear al perro por dos veces!".

Uno de los pasajeros era un profesor universitario. Apretando sus puños exclamó:
"¡Todo esto es horrible! ¡Es inmoral! ¡Es racismo, sexismo, especismo, homofobia, y explotación de la clase obrera! ¡Es discriminatorio! ¡Debemos luchar por la justicia social: mayores salarios para toda la tripulación, compensaciones para los indigenas, igual número de mantas para las señoras, y que se deje de patear al perro!".

"¡Si, si!" gritaron los pasajeros. ¡Si, si! gritó la tripulación!. ¡Basta de discriminación! ¡Exijamos nuestros derechos!.
El grumete aclaró su garganta:
"Ejem. Todos tenéis buenas razones para quejaros. Pero creo que lo que realmente debemos hacer es virar en redondo este barco y volver hacia el sur, porque si seguimos hacia el norte es seguro que tarde o temprano nos hundiremos, y con el barco se hundirán vuestros salarios, vuestras mantas, y estaremos todos ahogados."

Pero nadie le prestó atención, porque no era más que el grumete.
[…]
Se reunieron como una piña ante el puente de mando, gritaron insultos a los oficiales, y exigieron sus derechos. "Quiero mayor salario y mejores condiciones de trabajo"; "igual número de mantas para las mujeres"; "Quiero recibir mis órdenes en náhuatl"; "Quiero el derecho a organizar un negocio"; "No más patadas al perro"; "Revolución ahora"...

El capitán y los oficiales se reunieron en privado y discutieron durante un tiempo, sin dejar de guiñarse, asentir y reírse entre ellos todo el rato. Entonces el capitán se dirigió hacia la cubierta del puesto del mando y, dando muestras de gran benevolencia, anunció que el salario de los marinos se elevarían; que el salario de los marineros se elevarían hasta los dos tercios del salario de los marineros de DF, y que las órdenes para recoger las velas se darían en náhuatl; las pasajeras recibirán una manta más; el marino indígena podría organizar un comercio los sábados por la mañana; y al perro no se le darán patadas a no ser que haga algo realmente punible, como robar alimentos de la despensa.

Los pasajeros y la tripulación celebraron con gozo estas conquistas como una gran victoria, pero a la mañana siguiente, todos volvían a estar insatisfechos.

[…]

Los pasajeros y la tripulación estaban extasiados con esta nueva victoria revolucionaria, pero a la mañana siguiente estaban de nuevo descontentos y empezaban a quejarse de las mismas duras condiciones.

[…]

El grumete por su parte se enfadó gravemente.

"¿No veis lo que están haciendo el capitán y los oficiales? Os mantienen ocupados con reivindicaciones triviales sobre mantas y salarios y perros que son pateados para que no pensemos en lo que de verdad va mal en este barco, que si seguimos dirigiéndonos hacia el norte acabaremos todos ahogados. Si tan solo unos pocos de entre vosotros volvierais en razón, os juntaseis y echarais a los que dirigen el timón, podríamos hacer virar el barco y salvarnos. Pero lo único que hacéis es reñir sobre nimiedades como las condiciones laborales…

Los pasajeros y la tripulación se indignaron.

"¡Nimiedades!"gritó el pasajero de Huayacocotla, "¿Crees que es razonable que solo consiga las tres cuartas partes del salario de un marino chilango? ¿Eso es nimio?".

"¡Patear al perro no es una nimiedad!" gritó el defensor de los animales. "¡Es bárbaro, cruel y brutal!"

"Está bien", respondió el grumete. "Estos asuntos no son nimios ni triviales. Pero en comparación con nuestro problema real, en comparación con el hecho de que el barco sigue dirigiéndose hacia el norte, vuestras reivindicaciones son nimias y triviales, porque si no conseguimos que el barco cambie de rumbo pronto, vamos a morir todos ahogados.

"¡Fascista!" dijo el profesor.

"¡Contrarevolucionario!" dijo la pasajera. Y todos los pasajeros y tripulación hicieron coro uno después de otro, llamando al grumete fascista y contrarevolucionario. Lo apartaron y volvieron a discutir sobre salarios, sobre mantas para mujeres o sobre como se trataba al perro. El barco siguió navegando hacia el norte, y después de un tiempo se estrelló entre dos icebergs y todos se ahogaron.

No quiero ser catastrofista ni alarmante, pero des de mi humilde visión no creo que, siguiendo el rumbo actual, las comunidad que hemos visitado lleguen a buen puerto.
Como dijo Genaro en su momento: “El futuro es ir al pasado, no hay más!”. Lástima que el “bucle” de la inmigración i la visón de la gran vida de la “sociedad occidental” puede más que las tradiciones centenarias.

En cursos, clases, pláticas de este mes en México siempre me ha parecido que se hablaba de la productividad de las comunidades, i de cómo llevarla a término. Pero creo que la discusión no está en “como ser productivos” sino en si es necesario/ se debe ser productivos.


Por otra parte, se ve claramente la amenaza constante del modelo social y económico occidental, y como va calando profundamente en las comunidades. Y a favor de las comunidades nos encontramos a un montón de distintos agentes sociales; apoyando a las comunidades, luchando por su desarrollo… pero con distintas formas de hacer. Si todos ellos se unieran seguramente tendrían más fuerza.


Y no podría terminar esta valoración sin hablar de esa pequeña luz que vislumbra en la oscuridad del futuro zapotense: don Mago.

Un hombre sin grandes aspiraciones, resignado a vivir donde le ha tocado; pero con la tozudez de querer mejorar su pequeño entorno.
El año tras año sigue plantando maíz en esos campos impracticables. Es la visión de don Mago en la milpa la que se puede exportar para ver como funciona en todas las vertientes de su vida; la persistencia en persona. Es él quien me hace dudar de esta visión tan catastrofista de las comunidades. Porqué no es la fuerza la que rompe la piedra, sino la persistencia: “Guta cabat lapidem”.

Así que, con una visión de futuro (y productividad) y con ciertos conocimientos “científicos”, el resultado seria un dibujo en negro. Pero a lo largo de esta redacción, unos días después de ser escrita y desmigando las emociones que me traen esos recuerdos, veo que esta supuesta hoja en negro esta llena de pinceladas de colores de las distintas personas y momentos vividos allí.

  • Esas mágicas cenas de sopas de fríjoles con nopal en el comedor don Mago, bajo el embrujo de su voz. Amenizada con las súbitas risas de su esposa, siempre pendiente de que no nos faltaran esas sabrosas tortitas azules.

  • Esas melancólicas tardes en Huayacocotla, paseando por la calle principal de esta mini-ciudad escondida del mundo detrás de la niebla, con el cuerpo tiritando por el frío y la humedad que nos regalaba la lluvia… buscando refugio en la calidez del despacho del ingeniero Genaro. Quien nos enseñó a relativizar a base de humor…
  • La gran hospitalidad de la familia del Dr. Oliverio, que de un día a otro doblaron sus miembros sin ningún tipo de problema; mirando siempre por nosotros más que por ellos mismos…
    Esos paseos por el núcleo de Texcoco al inicio de nuestro viaje, aun tambaleándonos entre la ilusión y el miedo a las 4 semanas que nos quedaban por delante.
  • Esa terraza de la escuela de tele- secundaria, des de donde se controlaba todo Amatepec i parte del valle… degustando una cerveza (del tiempo) compartiendo anécdotas y reflexiones con Pep… viendo caer la noche encima del poblado y el movimiento varonil de la única “taberna” de la comunidad… despertados justo al amanecer por gallinas impasibles ante nuestra curiosa presencia…
  • Repasando con los dedos piedras esculpidas centenares de años atrás; intentando captar a través de las yemas las realidades de quienes las usaron: Teotihuacan, la Luna, Tajín.
  • Los mejores desayunos que he experimentado jamás… a casa de Leulicaria; en ese comedor solo nuestro con un techo que te permitía ver el cielo ilamatlense. Lástima que las manos creadoras de esas obras culinarias restarán apartadas a 6 horas en auto des de Huayacocotla.
  • La Cocina de delante el Hotel Huayacocotla; abierta des de que nos levantábamos hasta que nos íbamos a dormir. Huevos revueltos, victoria, sincronizadas, corona, empanizados, te con leche… A cualquier hora y en plena disposición; bajo las tímidas risas de las cocineras que aun deben preguntarse qué hicieron durante un mes esos cuatro gachupines revoltosos.
  • Los diálogos onomatopéyicos de Laia; la fina línea entre la seriedad y el humor que posee Mireia; la sabiduría omnisapiente de Pep… y tantos y variopintos momentos vividos en ese mes…
  • ....


Gràcias!!!

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